Sus compañeros resultaron ser unos amargados: abocados al deber y la meta, apenas se mendigaban tiempo para intercambiar un par de palabras, derivando conversaciones absurdas y aburridas. Y como la norma era en lo posible evitar mirarse, la niña que le gustaba fue la que más lo ignoró.
Un día decidió quedarse en cama y enviar su ropa a trabajar. Camisa, pantalón y zapatos lo suplantarían, y con éxito, pues varios meses estuvo en casa recibiendo sueldo por un cargo que personalmente no desempeñaba. Nadie notó el reemplazo. Sin más que hacer, se planchó y se guardó dentro del armario.