“Carolina” respondió la joven ante el arrojo de su desconocido interlocutor. Luego, se mostró gratamente sorprendida por la inesperada interrogante acerca de su estado sentimental. Dada entonces que a nadie le debía explicaciones acerca de las ambivalencias de su corazón, no tuvo mayores reparos en aceptar oír la tercera pregunta. Ahora, cincuenta y dos años más tarde, mientras le colocaba la argolla de las Bodas Doradas a su audaz conquistador cuyo semblante denotaba las arrugas por el paso del tiempo pero cuya mirada seguía ardiendo por ella, su corazón sentía alegría por haber aceptado su invitación a tomarse un café.