El martes en la mañana, Mila no era Mila. Mila era un manojo de nervios, un ovillo enredado y enmarañado, maniatado y pediatado. La guata se le removía, los tobillos le crujían y los dientes le rechinaban. De la boca de Mila salían notas oxidadas, tan estridentes y grimosas como las bisagras con herrumbre del portón de un cité en Estación Central.
El martes en la mañana, Mila regó con su sangre la sequedad infértil de una infancia que, ahora, quedaba atrás, impresa en un diario. Un diario que cerró con llave y, luego, se la tragó, para siempre.
Feliz
Sorprendido
Meh...
Mal
Molesto